miércoles, 2 de julio de 2014

Gil, el final de la Ruta de la Seda



Hasta "Gil, sucesores de Antolín Quevedo", fundada en 1880 en la carrera de San Jerónimo,  llegaba la ruta de la seda, esto es, la ruta de la importación de mantones de Manila. Pese a ser originarios de China, los mantones se llamaban de Manila por ser éste el puerto donde se exportaban. La historia de la seda se remonta a la China del año 3000 antes de Cristo y fue en el año 1000 a. de C. cuando comenzaron a realizarse bordados. Los símbolos de los mantones eran: el dragón (representación del emperador), el faisán (las realizaciones del emperador y la belleza), la grulla (la longevidad), las ocas (la normalidad conyugal), y las mariposas (la felicidad y la alegría).
La abundancia de flores bordadas respondía al expreso deseo de las féminas hispanas decimonónicas que así lo solicitaban a los fabricantes chinos. Hay que decir que el antiguo “Schal” de los persas, aquí llamado chal y luego mantón, es el resultado de la demanda de las mujeres españolas a la industria china, ya que las chinas nunca los llevaron.

Gil, una tienda inolvidable, ha cerrado en 2014.
La Puerta del Sol ha perdido uno de sus símbolos, un símbolo de comercio de calidad y trato humano.




martes, 26 de febrero de 2013

La Mallorquina




Fundada en 1894 en la cercana calle de Jacometrezzo, fue en torno a 1930 cuando se trasladó a la Puerta del Sol, ocupando el local de ornamentos religiosos de Garín. En esta segunda etapa adopta la forma de un salón de Té muy elegante, cuyos camareros vestían con frac y hablaban el francés. El dueño, Juan Ripoll, introdujo los dulces típicos mallorquines como la ensaimada y el tortel. Ocasionalmente se reunían aquí a charlar algunas celebridades como Raimundo Fernández Villaverde o Francisco Silvela, aunque la lista de personajes célebres que la han frecuentado es muy larga. Al atardecer había una tertulia a la que asistían el pintor Aureliano de Beruete, Graíño, Adolfo Bonilla, Julio Puyol y Elías Tormo. En torno a 1960 se reforma el local, pasando el salón al piso de arriba y creándose la marquesina de granito, el atractivo rótulo de letras de hierro y la joven pastelera con su bandejita. En 1970 patentan el dulce más vendido en esta casa: la napolitana. La Mallorquina continúa siendo parte imprescindible del paisaje de la Puerta del Sol.

Foto: Álvaro Benítez.

domingo, 18 de septiembre de 2011

La Violeta

Una de las tiendas más sugestivas de Madrid, con su portada clásica y sus vitrinas isabelinas, es sin duda “La violeta”, en la Plaza de Canalejas, donde se venden los caramelos fabricados con esa flor grácil y exquisita.  Además, hacen bombones, y frutas escarchadas y glaseadas.


Su propietaria, Mónica Prado, representa a la tercera generación en un comercio que nunca ha cerrado, ni siquiera en la guerra civil, desde su apertura en 1915.

domingo, 26 de junio de 2011

El feismo

A partir de 1960, la aparición de nuevos materiales baratos y llamativos supone un serio revés para la elegancia y armonía de nuestras tiendas, en lo que a veces parece una feroz competencia para ver quién consigue el comercio más espantoso.


Por otra parte, la desaparición de las escuelas gremiales hace que se reduzca el número de buenos artesanos (ebanistas, marmolistas, vidrieros, herreros, pintores, ceramistas…) capaces de realizar una decoración de calidad hecha con materiales nobles.

Los rótulos de plástico iluminados sustituyen a los bellos rótulos de cristal pintado o bronce. Las hermosas puertas de buena madera dan paso a los horrendos cierres metálicos de persiana, que para más inri, siempre están “decorados” con pintarrajos. Los zócalos de mármol pasan a ser de cemento. Los suelos hidráulicos o de buen parquet devienen en simples baldosas de cerámica. Para colmo, una incomprensible tolerancia con el vandalismo hace que las fachadas de los comercios tradicionales permanezcan cubiertas de pintadas de la peor especie, aliñadas con una pátina de pegatinas y carteles publicitarios.

El hecho de que algunas figuras jurídicas como la multirreincidencia no estén debidamente legisladas, hace que algunos comercios se protejan contra los robos con toda clase de cierres, bolardos, cámaras y alarmas que contribuyen a este afeamiento.

No terminan ahí los males estéticos de nuestro patrimonio cultural comercial. Los antiguos bazares y ultramarinos han sido sustituidos por la instalación masiva de tiendas de conveniencia y “todo a cien”, la mayoría de ellas fuera de toda norma estética.

Pese a tan lamentable panorama general, también se nota desde los inicios del siglo XXI una tendencia hacia el diseño de calidad incorporando las nuevas teorías y gustos en la materia. Aunque minoritarios, los establecimientos de buen diseño contemporáneo contribuyen a devolver a nuestras calles el aspecto de ciudad bella y elegante que distinguió a Madrid en la época dorada del comercio. Fomentando el buen diseño actual de calidad y respetando los comercios históricos, Madrid podría empezar a recorrer de nuevo el camino que la hizo un día ser el espejo del mejor comercio nacional y parte del buen comercio europeo de primer nivel.

sábado, 1 de enero de 2011

Ferias y mercados en la historia de Madrid

Ferias y mercados

      De toda la vida, a los madrileños nos han encantado las ferias y mercados al aire libre. Entre otros motivos, por la exención de impuestos de que gozaban, mientras que los locales fijos estaban (y están) vapuleados a tasas, inspecciones, burocracia…
Testimonio de estas ferias son los mercadillos de barrio y el popular Rastro.
En el siglo XVI hay dos grandes núcleos mercantiles: la Plaza Mayor creada sobre la feria-mercado del arrabal, y la  plaza de La Cebada, que se convierte en el mercado del grano.
La Plaza Mayor centraliza el mercado de carne y pan (casas de la panadería y la carnicería) y acoge las tiendas de paños, cáñamos, quincalla, sedas e hilos. Además, se instalan en ella las ferias y mercadillos. Los vendedores se llamaban tablajeros, por colocar sus productos encima de tablas. Con el tiempo les permitieron poner toldos para evitar el sol y ciertos hurtos, pues había quienes deslizaban un sedal con anzuelo desde un piso alto y enganchaban lo que podían.
      Los cajones y tinglados callejeros se sustituyen  a mediados del XIX por los mercados cerrados, aprovechando para su construcción los solares creados tras la desamortización de Mendizábal. El griterío de las verduleras en calles tan castizas como la Ruda o la Corredera de San Pablo se va apagando al trasladarse éstas a los estupendos mercados de hierro. Bellas y útiles estructuras férreas como  San Ildefonso (que fue el primero, levantado en 1835),  La Cebada (creado en 1848), Olavide (1865), Los Mostenses (de 1875, el cual acogió el mercadillo de aves de Cuchilleros)  y el del Carmen ( de 1907), Lamentablemente, estas joyas arquitectónicas fueron destruídas y tan sólo nos queda en pie San Miguel, creado en 1913 por el arquitecto Alfonso Dubé. 
Paralelamente al auge de los mercados se crearon los pasajes comerciales, como los de Murga , Matheu, Del Comercio y otros.
En la breve época republicana se crean las grandes lonjas del pescado (1934) y de las frutas (1935) así como los mercados de Vallehermoso y Torrijos.
En la posguerra se construyen 16 nuevos mercados, entre ellos el de Antón Martín (1941), el de Maravillas (obra racionalista de Pedro Muguruza, de 1942) y el de San Fernando (de 1944. hecho por Casto Fernández Shaw en estilo neoclásico). Entre 1954 y 1981 se abren además 200 galerías de alimentación.

      La distribución se centralizó a principios del siglo XX en grandes lonjas, como el matadero y mercado de ganado de Arganzuela, de 1909, o los de frutas y verduras y el del pescado, de los años 30. En dichas lonjas, desde mucho antes de que amaneciera, las voces de los asentadores, fijando los precios y dirigiendo las ventas, eran contestadas por los Quileros, quienes negociaban directamente con los pescaderos, carniceros y fruteros de los barrios. Voces, que multiplicadas, suenan desde 1973 en la inabarcable lonja de Mercamadrid. Mercamadrid es hoy, a comienzos del siglo XXI, el mayor mercado de alimentos perecederos de Europa y uno de los mayores del mundo, con más de dos millones de metros cuadrados.

martes, 12 de octubre de 2010

Tiendas de Madrid: Segunda Edición


Ya ha salido la segunda edición, corregida y aumentada de Tiendas de Madrid. Una obra que sirve para conocer la historia viva de nuestra ciudad, los comercios y oficios que han dado carácter y belleza a nuestras calles. La historia de muchos emprendedores y el origen de esos productos que nosotros compramos en nuestra vida cotidiana. Las anécdotas más entrañables y divertidas. Además de difundir este valioso patrimonio cultural de todos los madrileños, el libro está sirviendo para que los comerciantes de las tiendas históricas se conozcan entre ellos.

miércoles, 14 de julio de 2010

Consejos para los comerciantes


En el libro ofrecemos una selección de los consejos que se transmiten los comerciantes de padres a hijos.

1.- “La calidad de un artículo se recuerda durante mucho más tiempo que el precio que se ha pagado por él”

2.-“Quien deja un negocio bueno en busca de otro mejor, hace mal cambio”

3.-“El camino que conduce a la riqueza es el del trabajo y la honradez”

4.-“Compra lo que necesitas y nada más. Las existencias acumuladas son dinero perdido”

5.-“Nunca gastes un dinero que no hayas ganado todavía”

6.-“La sonrisa franca atrae a la clientela”

7.-“Vé tú a buscar al cliente. No esperes a que te busque él”

8.-“El que cesa de anunciar su tienda porque las ventas flaquean, mata al caballo porque

cojea”

9.-“El que engaña a otro, se engaña a sí mismo”

10.-“Nunca atribuyas a tus mercancías virtudes que no tienen. Tarde o temprano el

cliente se dará cuenta y no volverá”

11.-“Más vale no vender que vender a mal pagador”

12.-“Un cliente satisfecho, hablará bien de tu negocio a una persona; pero un cliente insatisfecho, hablará mal de tu negocio a diez personas”

viernes, 21 de mayo de 2010

Los dependientes


J. Rodríguez Momelo dibuja así el mundo de los dependientes en los inicios del XX:

“Casi todos duermen en sótanos sin ventilación, o en habitaciones inverosímiles. Se levantan con la aurora. Dura su faena todo el día, comen deprisa y corriendo, cierran la tienda y arreglan todo dentro o ajustan las cuentas del día”

Lo cierto es que, antes de que la ley estableciese en 1919 las ocho horas, las jornadas laborales podían durar desde las 10 horas de las peluquerías, hasta las 15 de los ultramarinos o las 18 de las tabernas. Aunque en 1904 se estableció el derecho al descanso dominical, este tardó mucho en poder realizarse, lo mismo que el trabajo infantil, ya que en 1900 todavía era frecuente encontrar arrapiezos de 14 años trabajando en el comercio.

En 1912 se crea la llamada “Ley de la silla” que establecía el derecho de cada empleado a disponer de una silla, pues hasta entonces debían pasar la jornada más tiesos que un mástil, lo que ocasionaba no pocos problemas de salud. En cuanto al alojamiento, los empleados vivían a menudo en el propio establecimiento, colocando un pequeño colchón sobre los mostradores o en el mismo suelo, aunque no siempre había un colchón para cada trabajador.

Foto: Alvaro Benítez. (Dueño y empleados en el Museo del Pan Gallego)

lunes, 10 de mayo de 2010

Churritos madrileños

Los churros y las porras son uno de los grandes inventos de nuestro país, apreciados hoy en todo el mundo. No se conoce el origen de este alimento sano y exquisito, aunque se suele situar su origen en los comienzos del siglo XIX.

El secreto para preparar una buena masa es mezclar en riguroso orden la harina de trigo, la sal, y finalmente, el agua caliente. La masa, bien ligada, se introduce en la manga churrera. Se fríen en abundante aceite, hasta que estén dorados, y se escurren cuidadosamente.

Aún tenemos buenas churrerías como “Sanz”en la calle Cervantes (de fines del XIX), “La Maja”, en la calle Luisa Fernanda, Santa Teresa, en la calle del mismo nombre, La Encarnita, en Meléndez valdés, Mingoarranz, en Felipe II,…

En la foto: "La Encarnita" En Meléndez Valdés. Foto: Alvaro Benítez

domingo, 2 de mayo de 2010

Chocolatería de San Ginés

El chocolate ha causado furor entre los madrileños desde que el conquistador Hernán Cortés lo trajo de América. Los indígenas lo tomaban salado, pero los españoles dedidimos añadirle azúcar. El chocolate con churros ha sido el desayuno y la merienda favoritos de los castizos durante siglos. En el XIX, chocolateros ambulantes lo vendían durante la noche en la Puerta del Sol. Tal vez radique aquí la costumbre de terminar las juergas nocturnas tomando chocolate con churros. Abierta en 1894 en el local de un viejo mesón, San Ginés es la chocolatería más tradicional de Madrid.

domingo, 25 de abril de 2010

El comercio más antiguo de Madrid


El comercio más antiguo de Madrid

No sólo es la decana de las farmacias, sino también la tienda que puede documentar una mayor antigüedad en la Villa y Corte. Instaurada en 1578 por un alquimista veneciano. En origen, estuvo en la calle del Sacramento, junto a la residencia de Iván de Vargas; pero la casa del alquimista hubo de ser derribada para que pasara por tan angosta calleja la procesión del Santísimo. Posteriormente se trasladó a la calle Mayor, 59.
Imaginen si tendrá solera esta farmacia, que conserva una receta a nombre de Miguel de Cervantes.
El nombre de “Reina Madre” está dedicado a Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V, que nos regaló a los madrileños un hijo tan brillante como Carlos III.
Además de abastecer a la Real Casa, aquí se vendían las primeras quinas traídas de América, junto con principios activos, drogas, píldoras áureas, y extraños productos como el castoreo, la piedra imán y el grimoso extracto de momia egipcia. Conservan 1600 recetas antiguas.

Guardan todas las facturas del infante Don Luis y otros personajes célebres, lo que permite una reconstrucción fiel de su historial médico.
En los inicios del XVIII, comenzaron a fabricar la “pomada de la reina” por encargo de María Luisa, primera mujer de Felipe V.
Fueron los primeros en vender aguas minerales, y aquí se apuntaban los que deseaban acudir al balneario de Vichí. Conservan el libro de reservas.
En el XIX, fue escenario de tertulias liberales. Cuentan que el político liberal Salustiano Olózaga pudo escapar de sus enemigos a través de un pasadizo subterráneo que comunicaba la farmacia con la vega del Manzanares.
El precioso edificio actual, en Mayor, 59, es de estilo modernista, del año 1914, obra de José Carrasco, y está decorado con alegorías de la farmacia. Los zócalos son de azulejo de Talavera. En cuanto al botamen, hay albarelos, pildoreros y toneletes de cerámica azul y blanca de Talavera, del siglo XVIII y otros del Buen Retiro y de La Granja, y conservan un bote del XVI con el escudo de los Reyes Católicos.Todo ello conforma el pequeño museo de esta botica que hoy regenta la familia Cid.

domingo, 18 de abril de 2010

La tahona veterana: El Museo del Pan Gallego


Vale la pena visitar el Museo del Pan Gallego, en la plaza de Herradores, donde calientan el horno con auténtica leña de encina. A José Menor y a su hijo Alberto no les importa trabajar duro para que los madrileños podamos saborear un pan hecho como Dios manda. Un pan auténtico hecho con buena harina, levadura prensada, agua y sal. Cuando las barras y las hogazas entran en el horno, con ayuda de largas palas de madera, la flor roja del fuego comienza a transformarlas en oro puro. José Menor es un hombre emprendedor, enamorado de su oficio, que hasta hace poco organizaba exhibiciones de trilla y aventado junto a la panadería para dar a conocer las labores tradicionales. Autor de dos libros autobiográficos, José ha tenido como clientes a políticos y artistas de renombre. Hoy su hijo Alberto continúa la meritoria labor que inició su padre para que siga adelante este excelente horno de leña de Madrid. El Museo del Pan Gallego, merecedor de un homenaje tanto por su antigüedad como por su gran labor, es la tahona más antigua de Madrid. El horno de leña inició su andadura en 1735. José lo administra desde 1982.

sábado, 27 de marzo de 2010

Descripción de las tiendas clásicas


Fernández de los Ríos nos describe la aparición de las tiendas elegantes en su Guía de Madrid: “ Todavía en 1834 no había en Madrid más que tiendas mal surtidas, cuya apariencia exterior en nada se diferenciaba de las que se veían en los pueblos más atrasados: todas carecían de escaparates… En 1835 llamó la atención general la perfumería Diana, en la calle Caballero de Gracia, y una tienda de Quincalla al comienzo de la calle Montera: colocaron ambas las primeras portadas y escaparates al uso de París”

La influencia parisina es determinante, pues los mejores mueblistas y decoradores se inspiran en las boutiques de la capital francesa, si bien los madrileños crean sus propios modelos de una vistosidad y colorido extraordinarios, ya que Madrid contaba con artesanos de primer nivel, formados las escuelas gremiales de pintores, yeseros, vidrieros, herreros, carpinteros, ebanistas, marmolistas, ceramistas…

Nuestras tiendas tradicionales solían tener una portada clásica, generalmente realizada en madera. En ocasiones, la fachada enmarcaba también el portal del edificio en que se encontraba, y este tipo de portadas recibe el nombre de “galdosianas”, debido a que Galdós las menciona a menudo en novelas como “Fortunata y Jacinta”, libro que constituye todo un compendio de los usos del comercio madrileño.

Muchas veces se adornaba la fachada con esmerados trabajos de ebanistería, en forma de airosos modillones y mensulillas torneadas que sujetaban el cajón superior, así como semi-columnas rematadas en capiteles vegetales. Mármoles, vidrios curvados y bronces proponen una decoración basada en la alta calidad de los materiales. Los zócalos exteriores solían ser de mármol. Sobre la portada, el rótulo con el nombre del establecimiento (a menudo el nombre del dueño) y el número de la calle, a veces realizado con letras en relieve y casi siempre de vidrio pintado por detrás. Los cajones salientes fueron aprovechados recientemente para recoger los cierres metálicos de persiana.

Al llegar la noche, los gruesos cuarterones de madera que protegían el local se cerraban desde dentro afianzándolos con una tranca.

En el interior se hallaba el mostrador, generalmente de madera noble (nogal o roble). Uno de los tableros era abatible, para permitir el paso a uno y otro lado.

Las columnas de forja con capiteles sustituían a los tabiques, permitiendo una amplia visibilidad. Cubriendo los muros había zócalos de madera o azulejos, estanterías y anaquelerías de madera labrada, armarios y cajones con los productos dispuestos para la venta.

En el techo, las lámparas de carburo o de gas, después eléctricas, iluminándolo todo.

En la pared, el bonito reloj acompasando la larga jornada.

Foto: Álvaro Benítez

viernes, 19 de marzo de 2010

Hay trabajos en la vida de los que uno se siente especialmente satisfecho. Suelen ser aquellos trabajos que te motivan, que te ilusionan, que te emocionan por alguna razón. Son a veces trabajos en los que te dejas la piel a tiras; pero no te importa porque crees en lo que estás haciendo. Es el caso de este libro, que acaba de ser publicado. Atrás quedan tres años de un trabajo extenuante, a veces desbordante...de horas interminables en bibliotecas y hemerotecas, de bucear entre fichas y carpetas, de triturar la espalda ante el ordenador, de amenas charlas intermitentes con los tenderos, entre cliente y cliente, de de largos paseos por las calles buscando vestigios, tesoros semiocultos, joyas con el brillo apagado por las frenéticas luces de la ciudad, pero de una riqueza social, humana, estética, extraordinaria.
A esos comercios útiles, bellos, llenos de simpatía y encanto, con historia, con vida, con mucho que ver y de lo que aprender...a esos comercios tradicionales madrileños en los que fui descubriendo la magia y el encanto de mi ciudad. A esas papelerías donde hallaba todo lo necesario para mis escritos y dibujos, a esas pastelerías celestiales, a las librerías donde encontré los libros que me enseñaron a pensar y a soñar, a las panaderías a donde iba tras empezar a ganarme el pan, a las ferreterías donde se inició mi desastrosa carrera con el bricolage, a los ultramarinos donde todos hablaban con todos, a los mercados donde descubrí los colores y los sabores fundamentales,...a todas esas tiendas que iluminan las calles, a todos esos tenderos que con un enorme esfuerzo mantienen el tipo en momentos difíciles, sabedores de que en cualquier momento el pez grande les puede devorar a ellos, que son los peces chicos. Hace tiempo descubrí que en esos locales añejos y entrañables latía con fuerza el alma de Madrid.